Desde Otx, con amor (13)

Hoy vamos a hablar de cosas serias. La crisis.

Mi madre que, por cierto, todavía vive en Irala (barrio muy jatorra que tiene la ventaja de encontrarse a varios tiros de piedra y a ninguna parada de autobús de Otx), ha conseguido una vivienda de protección oficial en el nuevo y flamante barrio de Miribilla (zona muy bikaina, de altura, con el pequeño inconveniente de estar enlazado con Otx mediante la línea de bus 30, siempre que te apetezca hacer turismo y no tengas la menor prisa, condiciones ambas que mi madre cumple sobradamente). Todavía no le han entregado el piso, pero parece ser que la cosa marcha bien de plazos: tan sólo se prevee un retraso de seis meses modificables. Ella ya lo está pagando a plazos, por supuesto, a razón de 600 euros mensuales y también modificables. Modificables a 1000 euros a partir de ya, según dice la comunicación a varios colores que recibió la semana pasada. Mi madre no dice tacos. Recuerda haber firmado algo con mucha letra pequeña. Mi madre controla sus emociones. La crisis.

No me apetece nada hablar de la crisis.

Voy a mirar el periódico.

El Correo está abierto en la mesa de la cocina, en las páginas 16 y 73.

Me pongo las gafas. Empiezo a estar mayor.

Sin gafas logro ver los titulares. El más pequeño de todos dice “El Solitario se arrepiente de haber intentado atracar el banco luso en el que fue capturado”. Yo también me arrepentiría, piensas, faltaría más. Pero resulta que no, que se arrepiente porque su lucha iba dirigida exclusivamente contra los bancos españoles, y como que se equivocó al leer el letrero… Ponía “Caixa Central de Credito Agrícola Mutuo de Portugal” en letras bien grandes (ocupaba media fachada), que lo vi yo en la televisión, que esta noticia es vieja, o sea, el origen de la noticia, el atraco final. Te notas un poco decepcionada con la historia. No sé, te queda como un comezón.

A su derecha hay una foto de una obra de arte moderna horriblemente horrorosa. La letra grande dice: “Despiden a la directora del museo italiano que expuso una rana crucificada”. Muy desagradable. No merece la pena meterse en tesis teologales. Muy desagradable. Y ahí está la foto, abajo, a la derecha de la página de la derecha, muy contrastada, la figura en barro de una rana fabricada estilo comic realista, crucificada y con la lengua fuera, medio de burla. Un horror. Parece que lleva una jarra de cerveza en la mano derecha. Sí, está clavada. Taparrabos. Dedos ridículos. Ojos de camaleón. No puedo mirarlo.

Encima de esto último hay una foto gloriosa. El papa y su hermano paseando por el jardín de una finca. El hermano tiene pinta de malvado con el pelo pintado de blanco. Va de clergyman oscuro y se apoya en un bastón blanco que, bien mirado, parece la makilla del lehendakari. La foto es preciosa, con un fondo gris aterciopelado donde se repite la imagen de una glorieta o un aparcamiento de coches hipermoderno, mientras las dos figuras cristianas, muy nítidas, gloriosas casi, caminan hacia nosotros. El papa va de blanco y hace un gesto  con las dos manos como de atrapar un balón que viene botando del suelo. Parece estar haciendo vudú. El hermano sonríe a un lugar fuera de cámara. Es una foto rectangular y perfecta. La noticia no interesa tanto. Resulta que el hermano del papa (el señor ambiguo arriba mencionado) quiere celebrar su cumpleaños con un concierto en la Capilla Sixtina. Piensas, qué prepotencia la de estos curas. Se creen en el siglo de oro. El desplazamiento de los 127 músicos alemanes a Roma costará cien mil euros. Se trata de un despilfarro, viene a decir la noticia. No estoy de acuerdo. Es decir, si quiere despilfarrar, que despilfarre todo lo que quiera, que ya rendirá cuantas a su Dios y a toda la gente que se muere de hambre. Pero que lo haga en la Capilla Sixtina me parece de una desvergüenza brutal. ¿Por qué? Porque a mí no me dejarían. Simplemente por eso. Es que a veces soy muy simple.

En el bajo extremo izquierdo se puede leer el interesantísimo titular siguiente: “La familia de Ernaitz recurre al Tribunal Constitucional para que se reabra la causa penal”. Decides no leer más. Te quitas las gafas. Te preparas un vasito de agua. Qué bien. A lo mejor sí que miro lo que dice. Es el caso de un tipo que atropelló a un joven, matándole, y luego reclamó mucho dinero a sus padres por los daños ocasionados en su vehículo. Directamente a este tío que alguien le dé dos palizas. ¿No hay tanta mafia en este país? Pues que la utilicen en algo práctico. ¿Por qué hay noticias de este mongol? Plazos legales…

Ahora podría escribir una disertación crítica acerca del poco dinero que se emplea en Justicia… pero no lo voy a hacer, porque me parece vulgar. Mira que pretender hablar de la crisis… Aunque algún día sí que lo pienso hacer.

El último artículo, el más grande, dice: “Cuando el arte reinserta”. Algo así como la quintaesencia de lo aburrido. Porque no tengo nada contra el arte, que me encanta, y menos contra los reinsertados, que me parecen bellísimas personas, y tampoco contra el arte de los reinsertados, que seguro segurísimo que es estupendo, sino contra que me expliquen cómo reinserta el arte. Supongo que es eso, porque el artículo tiene mucha letra, y no me lo leo, con lo que a mí me gusta la mucha letra, que siempre devoro las columnas de opinión y los artículos largos. Me da tiempo de leer todo lo largo a lo largo de todo el día.

Y en estas dos páginas no hay nada más. Conque doy por terminado este artículo acerca de artículos. Me parece un formato bastante bonito. A mí me viene bien, porque así me leo el periódico con mayor profundidad.

Me gustaría, para acabar, dar un consejo: léanse ustedes las noticias del periódico. Son estupendas. Y si no se las leen, yo misma se las explico aquí, en esta inmodesta columna. Si es que a alguien le interesa.

No, va en serio. Le pregunto a mi corresponsal habitual (llamado en Internet: 0 comments) si le parece bien que haga artículos de este estilo, comentando el periódico y tal. Cuando me responda ya se lo diré a ustedes. O no. De todos modos se me hace difícil pensar en que mí misma escribiendo siempre en un formato determinado. Soy demasiado indeterminada, oye.

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