Desde Otx con amor (27)

 Desde Otxar con amor 

Voy a ser sincera con ustedes: ya estoy cansada. Esto de andar contando las vacaciones de Navidad cuando una ya anda desempolvando (literalmente, que los guardo con polvos de talco) los bikinis, trikinis y monokinis, pues como que obliga a un esfuerzo mental para el que, sinceramente, no estoy preparada. A mí que me den fórmulas y aparatitos complicados con que investigar y romperme las meninges, pero que me no me obliguen a recordar lo que hice o dejé de hacer hace no sé cuántos meses. ¡Si a veces hasta me cuesta saber dónde dejé ayer aparcado el coche! Aunque esto no es tan extraño dada la actual tendencia a emplear al personal en agujerear el suelo público con profusión y alegre malevolencia. Pero esto es otra cuestión. Y no te vayas por las ramas, guapita, que te conozco.

Y como te (me) conozco, constato que en cuatro o cinco entregas (ya digo que me falla la memoria) de mis vacaciones navideñas por Túnez, tan sólo he avanzado medio día. Como lo leen: medio día, que todavía no he llegado ni a la primera comida africana. Y no he llegado todavía por dos fundados motivos. Uno, que soy verborreica. Dos, que no me acuerdo. Sé que por la mañana anduvimos en Cartago y que por la tarde nos llevaron de zocos, pero en lo que respecta al condumio central, nada de nada, blanco total.

Tampoco es de extrañar, porque a lo largo de los seis días de excursión organizada, creo vislumbrar que comimos en seis diferentes tascurrios de carretera. Los lugares estaban bien preparados para recibirnos, eran más o menos elegantes (más menos que más) y nos proveían de comida internacional, lo que significa literalmente caca de la vaca. Si quieres comida local te escapas a un tugurio o a un cinco tenedores, que por aquellos pagos no existen antros intermedios o yo no los he encontrado, lo que tampoco es extraño dada la velocidad a la que sucedía todo. Así es la cosa, sí señores, que te vas al fin del mundo (exagerando) para acabar comiendo igualito que en el bareto de Lerma donde hace parada el autobús de Madrid (sin exagerando).

En fin, que como me encuentro bastante estancada en el tema Túnez, voy a despacharlo en un pis pás. Los lugares turísticos que visitamos, todos bonitos y exóticos en diferentes grados. Mezquitas a tutiplén donde no te dejaban entrar ni quitándote los zapatos. Locales de venta de alfombras donde te obsequiaban con el consabido y azucaradísimo té a la menta para turistas, mientras intentaban pulirte sus diferentes productos con todo tipo de facilidades, precios y chistes infames. Lo de los chistes es algo muy preocupante porque indica hasta donde está llegando la famosa globalización. Es decir, que te vas a tomarporculora, como diría un aldeano de Arbolantxa, y te encuentras con que los moros más negros y tremebundos te sueltan frases pseudoespañolas del tipo “Española, Pantoja, más barato que en Carrefour, Prica”. Y se parten de la risa. Estupendo, tú queriendo huir de la rutina y ellos intentando todo lo contrario con la pretensión de que te encuentres más a gusto, sonrías o hagas cualquier tipo de gesto que les dé pie para asaltarte a productazo limpio. Los productazos son: pasminas, dulces, alfombras y más pasminas. También hay otras cosas más caras pero ni me fijé, porque yo voy a lo mío. Sí, sí, compré unas cuantas pasminas, que me gustaron los colores. Después me di cuenta de que estaban fabricadas en Taiwan y… la verdad, te sienta mal. De cualquier manera las he regalado todas y he quedado bastante bien con la familia.

Bueno, bueno, ya veo que me sigo enrollando. Decía que los lugares turísticos son eso, lugares turísticos de esos que cualquiera puede ver en una postal o por la tele. La diferencia está en el viento, como dijo aquél, en el olor del aire, el color de la atmósfera, el personal paseante, el plácido paisaje… Merece la pena viajar, se lo digo de corazón, sobre todo a países como éste donde si te alejas media calle del rebaño turístico te encuentras sola en un mundo completamente distinto. Eso sí que da gusto. El problema es que las mujeres no están hechas para pasear solas por países árabes (o más bien al revés) porque los hombres árabes (o musulmanes, mejor dicho) tienen un aspecto de salidos que echa para atrás. Y no solamente el aspecto, sino la mirada, la baba que se les cae, y el acercamiento indisimulado hasta que pones pies en polvorosa. Uf, de buenas me he librado. Acabé yendo a todas partes con el hombre, con lo que a mí me gusta investigar sola.

Hablando de hombres, en Túnez los hay por todas partes. Dirán ustedes que como en cualquier otro lugar. Pues no, porque allí ocupan calles, aceras, bancos, coches destartalados, carritos de burros, puestitos de cualquier locura imaginable, tiendas, restaurantes, mezquitas… La mayor parte de ellos con el indudable aspecto de no estar haciendo nada. Señores, que una se pregunta que de qué vive esta gente. Lo pregunté, porque a mí me gusta mucho saber, y recibí variadas respuestas, a cada cual más curiosa. Pero como no tengo el día sociológico, no pienso contarles nada. Lo dejaremos en que las calles están llenas de hombres en diferentes grados de no hacer nada… y claro, pasa una por delante y… es que una, no es por decir, pero hasta en Otxar… En fin, que ya saben por qué las musulmanas llevan pañuelitos y tapacosas, ¿no? Pues para no excitar a los hombres. Se lo juro. Dicho por el profeta. Y ya me callo, que estoy tocando un tema sensible y ya se sabe que los temas sensibles pueden acabar explotando.

Resumiendo, que todo bien, bonito, agradable, exótico, bien organizado. Vuelves a casa con la impresión de haber permanecido fuera por lo menos el doble de tiempo del que realmente has estado, que es de lo que se trata. Con el corazón más abierto y el alma mejor dispuesta. Ni les digo lo contento que volvió el hombre con las migajillas que le fui soltando de vez en cuando. Ya le he dejado claro que aquello fue un paréntesis. No sé si lo ha entendido muy bien, porque se pasa el día llamándome y abrumándome a regalos. Todavía, sí señor, después de cinco meses. Y qué quieren que les diga, yo me dejo querer. Esto del matrimonio a distancia y en diferido me está empezando a molar. A ver si acabo inventando algún tipo nuevo de relación…

Bien, ya me despido. Me gustaría haber acabado con el tema Túnez, pero me veo obligada a reincidir, espero que por última vez, puesto que no he comentado nada de los compañeros de viaje, que fueron de lo más interesante. Ya saben ustedes cómo me gusta observar a la gente. Pues nada, que nos seguimos leyendo otro día de estos.

 

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