REPORTAJE EN “EL CORREO” SOBRE LOS ASCENSORES

«Ya estaba cansada de subir los 80 escalones… ¡que tengo 76 años!

Cuando a Dolores, una encantadora malagueña que lleva en Otxarkoaga «desde el año 61», se le pregunta si ahora que tiene ascensor puede hacer cosas que antes tenía vetadas, se queda descolocada. «No, mujer… Siempre he hecho lo que había que hacer, qué remedio, pero antes me costaba más trabajo… ¡si he tenido siete hijos!», indica orgullosa, con un cantarín acento de su tierra que las décadas pasadas en Bilbao apenas han matizado.
Para una madre con semejante prole, las escaleras no podían convertirse en un freno. Era lo que había, y punto. «Pero ya estaba cansada de subir los ochenta escalones… ¡que tengo 76 años!», aclara. Pese a su aguante, el cuerpo ya le pedía a gritos un ascensor, esa instalación que todavía es una especie exótica en el barrio: «Estoy enferma del corazón y de los huesos… yo no pedí que lo pusieran, pero ahora estoy muy contenta, porque me costaba mucho subir la compra», afirma en el umbral de su puerta, en un sexto piso de la calle Ugarte.
«Uno de los más bonitos»
En el número 1 de Larratundu, donde disponen de otro flamante elevador, también están encantados. O casi. Rosario y Eguzkiñe, ambas inquilinas, le ven un solo fallo: hace paradas entre piso y piso, lo que obliga a los residentes a subir algún tramo de escaleras. «Bueno, pero son ocho peldaños», asumen con conformismo. Una pega que se queda pequeña frente a los piropos que dedican al ascensor, «uno de los más bonitos del barrio».

 

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Dos expropiaciones forzosas y otra media docena en trámite

La propiedad del suelo, sea pública o privada, puede ser un escollo insalvable a la hora de colocar un ascensor. Para eliminar este obstáculo en Otxarkoaga, el Ayuntamiento está cediendo terreno municipal, operación que se hace efectiva en sólo dos semanas. Más difícil es cuando la intención de una comunidad de poner elevador choca de lleno con la propiedad privada. Para los casos en que el entendimiento entre el dueño de una lonja y los vecinos es imposible y no hay otras soluciones técnicas, el Consistorio contempla la expropiación forzosa: se toman los metros cuadrados necesarios para la obra, que los residentes del portal deben pagar. En sólo un año, ya se han realizado dos expropiaciones y otra media docena está en trámites. «Intentamos agotar todas las posibilidades antes de llegar a este punto -indica Julia Madrazo-. Pero nuestro deber es proteger la eliminación de barreras arquitectónicas

 

REPORTAJE PARA EL CORREO DE SOLANGE VÁZQUEZ

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