Dificultades para captar el pensamiento

Desde Otxar, con amor 39

A ver si logro explicarme. Cuando hace meses se me ocurrió la idea de inventar una máquina capaz de leer el pensamiento, ya sabía yo que iba a tener muchos problemas. Y no precisamente problemas técnicos, no. Porque a fin de cuentas, por muchos millones de sinapsis que existan en el cerebro, la teoría de los grandes números te ayuda a simplificar bastante. Todo es cuestión de estructurar, algo bastante sencillo. Agrupar en campos estadísticos para que la interrelación se perfile en un ámbito fijo, aunque poco determinado, y de ese modo poder plantearse una solución en función del número de variables. Minucias. En todo caso ningún problema, todo es cuestión de tiempo. Y tiempo me sobra.

Sin embargo… la parte humana del asunto, el verdadero objeto de estudio, la lectura del pensamiento o de la serie de pensamientos que llegan a la consciencia… no sé… resulta casi imposible… plantea muchas dificultades… Pero… un momento…ahora que hablo de consciencia… ¿y qué sucede con los otros pensamientos? ¿Los subconscientes? ¿Cómo los leo? Bueno, ya que me tengo por tan buena técnica, supongamos que, tras largos estudios, encontrara la zona donde se producen y/o almacenan los productos subconscientes. O la red de fórmulas que utilizan para su autodiseño, da igual. Digamos que consigo leer el subconsciente. Anotaremos entonces una primera estructura. Un grado determinado. De color amarillo, por ejemplo. El subconsciente.

¿Me estás hablando a mí? 
– ¿A quién si no?
Perdona, no te conozco
– ¡No te enteras de nada!

El otro pensamiento, el consciente, se entera de más cosas, sí, pero no por ello deja de ser más evanescente. Diverso, caótico, fugaz, persistente…

Me acuerdo de todo, tío 
– No hace falta que lo jures
No lo hago por joder 
– ¡Serás cabrón!

Las personas piensan poco, o piensan mucho, o no piensan. Supongamos que piensan cuando se rascan la cabeza. Es un suponer… por acotar un instante, por facilitar el análisis. Mientras se rascan la cabeza a algunos les llegan millones de ideas inconclusas, a otros medias frases que regurgita el inconsciente, a los de más allá no les da mas que para un pensamiento cada media hora.

– ¿Has traído la choja?
– ¿De qué choja me estás hablando?

Y sin embargo, todos los seres humanos sin excepción (o casi todos) piensan decenas de cosas por segundo. Todas conscientes (las otras ya las hemos pintado de amarillo, dejémoslas tranquilas). Todas mutilándose unas a otras, atropellándose, incomprensibles… hasta que de vez en cuando, con frecuencia sumamente variable, surge una con fuerza, una cualquiera, sin ningún motivo.

– ¿Compro barra grande o pequeña?
– La que tú quieras
– Grande
– Entonces, pequeña

En este punto me confieso incapaz de resolver unidades atropelladas, inconclusas, simples palabras sin final, dudas infinitas. Sin datos que procesar no se puede trabajar. Estaríamos hablando de entelequias, no sé si me explico.

– ¿La has traído o no?
– ¿La qué?
– La choja
– ¡Qué choja ni qué choja!

Porque en un segundo suceden demasiadas cosas, pasan demasiadas ideas-sugerencias-abortos-flashes por la mente.

– ¿No prefieres la grande?
– Me cayó una piedra
– ¡Qué cerda!
– Lomo adobado
– No, yo prefiero la pequeña
– Natillas
– Natillas
– ¿Por qué estoy enfadada?
– Compra la pequeña, va
– ¡Le enseñó las bragas!
– Natillas
– Lomo adobado
– Vale

¿Quién me autoriza a consignar la solución más evidente…?

– ¿No prefieres la grande?
– No, yo prefiero la pequeña
– Compra la pequeña, va
– Vale

En detrimento de la más fuerte, natillas. O de cualquier otra…

– ¿Qué cerda!
– ¡Le enseñó las bragas!

Incluso lomo adobado podría resultar una buena chance para un pensamiento de un segundo. ¿Cuál elegir? ¿Cómo programarlo? Esta es mi gran duda y en este punto me encuentro atascada. Así lo confieso. O sea que denme tiempo. Tiempo al tiempo.

– ¿Sigues ahí?
Sí. Siempre 
– ¿Has apuntado todo?
Claro 

Les tengo que dejar porque estoy leyendo un libro muy interesante, una novela negra de un autor clásico norteamericano, Dashiell Hammett. Por cierto que dentro de esta novela, “La maldición de los Dain”, he encontrado un par de citas que vienen al pelo:

Nadie piensa con claridad, pretenda lo que pretenda. Eso de pensar es algo que marea; y de lo que se trata es de captar la mayor cantidad posible de esos atisbos confusos y luego juntarlos como Dios nos de a entender.

(…) quienquiera que comenzara a buscar en sí mismo síntomas de locura, encontraría gran cantidad de ellos, porque todas las cabezas, menos las estúpidas, están hechas un lío.

Por lo demás, encantada de hablar con ustedes.

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