BODAS DE ORO

Alguien me toca por detrás mientras voy recorriendo el pasillo
del cuarto piso del hospital. Es una chica que ya conozco,
hija de un matrimonio de aquí que hace ya mucho tiempo viajó
a tierras venezolanas. Allí tuvieron su única hija, Micaela; después
volvieron definitivamente a nuestra tierra. Micaela me dice
que sus padres celebrarían en abril sus bodas de oro y que ella
ha mandado elaborar unos anillos y me pide que los bendiga.
Le planteo que sería precioso, aunque no haga todavía 50
años justos que se casaron sus padres, adelantar unos meses
la celebración de las bodas de oro. El motivo de este adelanto
se debe a que el doctor que atiende a su padre no ve posible
que pueda durar en vida hasta el mes de abril.
Micaela ve muy bien lo que yo le planteo y quedamos en
celebrar en otro próximo día las bodas de oro de sus padres.
Aviso a Carmen del feliz acontecimiento, diciéndole que
me gustaría verle en el momento de la celebración, a pesar de
no ser su día en el hospital.
Llegado el día, nos encontramos en la habitación el matrimonio,
Micaela con su marido, Carmen y yo. En nuestro interior
nos encontramos todos con un hervor de fiesta grande
y previendo que todo va a ser bonito. Con una sencilla oración
y el diálogo mantenido con los esposos sobre sus 50
años de matrimonio, en los que como dice el marido “todo
ha sido positivo”, la bendición y el intercambio de los anillos,
la oración dirigida a nuestro padre y el abrazo de la paz, concluimos
la celebración con la bendición de San Francisco.
Estamos todos felices y disfrutando de lo precioso que es
vivir estas realidades de amor entregado en 50 años de vida
compartida.
Carmen, como prueba de que las mujeres tienen el maravilloso
don del detalle en su momento adecuado, les regala
un precioso plato con la inscripción de “50 aniversario”.

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