PADRE NUESTRO…

Entro en una habitación de cuatro camas. Las cuatro están
ocupadas por sendas mujeres de edad avanzada. Todas ellas,
en situación bastante límite y mirando más hacia allá que
hacia aquí. Saludo a una señora que se entrega con todo su
cariño a hacer posible que su madre absorba, por la senda
naso gástrica colocada en el orificio derecho de su nariz, la
comida que corresponde tomar a esta hora del mediodía. La
verdad es que es un poco costoso el asunto y la madre parece
que estuviera dejándose hacer, sin oponer ningún obstáculo
a lo que hacen con ella.
Pienso que es bueno dejarles a madre e hija empeñada en
esta misión realizada con tanta entrega y amor de hija. Así
que, me despido de ambas. La hija, al despedirse, lo hace con
un “adiós, padre”. Voy dejando la habitación, reflexionando
sobre la escena que he contemplado, cuando oigo “Padre
Nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre…”
Es la madre la que va desglosando esta oración dirigida al
Padre. En mí, ante esta circunstancia no esperada de que una
despedida haya llevado a abrirse en oración, surge una sonrisa
y descubrir que Tú, Señor, eres grande. ¡Es grande lo que
en la mayor limitación podemos llegar a expresar! Gracias,
Señor.

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