DON DIEGO

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Se ha muerto Diego. Don Diego. Uno de los “gurús” más clásicos de Otxarkoaga. Y como mi escritura no le debe nada y como sobre él se ha escrito y dicho mucho, quizás demasiado, no pensaba dedicarle ninguna entrada de mi blog.
Pero, si no lo hago me seguirá el runrún ese que llevo por dentro y no me dejará en paz. Porque yo a Diego le apreciaba y le tenía en gran consideración. No en vano viví con él, en la misma casa, durante seis años; no en vano, durante ese tiempo comimos juntos casi todos los días (cenar lo hacía cada uno cuando llegaba), fuimos juntos al monte, pensamos, discutimos, trabajamos, nos dolimos y nos alegramos juntos. Claro que le apreciaba y lo tenía en gran consideración.
Hacía mucho tiempo que no le veía (si alguien cree ver un “leísmo” en mi frase, que sepa que “el pueblo” es lo suficientemente inteligente como para identificar “lo” con un objeto y “le” con una persona). Sabía de sus ¿males? y la última vez que estuve con él apenas me conoció. Eso no importa mucho. Hay personas (como él) a las que se les reviste de un carácter atemporal, mítico, épico y cuyo pasado reciente no entraña interés salvo por quiénes fueron en un pasado siempre fundacional.
Así que él había estado en el principio del barrio, él había traído una escuela profesional al barrio, él había defendido a la clase trabajadora del barrio…
En estos casos me gusta recordar aquello de Bertolt Brecht:
César derrotó a los galos.
¿No llevaba siquiera cocinero?
Cada diez años un gran hombre.
¿Quién pagó los gastos?
Tantas historias.
Tantas preguntas.
Por eso, en su funeral volvieron a llamar mi atención tres cosas que yo ya “sabía”: la “estridente” presencia de la Iglesia Oficial de la Diócesis, la sucesora de aquella que castigó a Diego con ir a Otxarkoaga; el respeto-cariño-admiración que mantienen algunos de los vecinos (probablemente muchos) porque su ayuda fue (o lo pareció, que para el caso es lo mismo) decisiva en su promoción individual en un barrio y un tiempo en los que promocionarse era un auténtico juego de malabares; y la repetición por parte de la dirección de “su” Escuela de aquella frase que se le atribuye: “a cada pantorrilla, su pantalón”.
No sé si lo dijo alguna vez. Yo no se la oí nunca, a pesar del tiempo trascurrido a su vera, y sé de quién tampoco se la oyó. Pero, quizás la dijo. Lo que ocurre es que a mí me suena (al menos, su utilización) a frase dirigida principalmente contra la administración educativa que no facilita esa adaptación de la Escuela a los individuos concretos. Y, dicha contra ella, a nosotros nos compromete bien poco.
Lo que sí le oí decir muchas veces fue aquello de: “para enseñar matemáticas a Jaimito hay que saber matemáticas y conocer a Jaimito”. Esto lo dijo y, por lo que comentaban algunos del barrio ese día de su funeral, lo practicó profusamente.
Pero esto sí nos compromete. Porque no se puede conocer a Jaimito sin involucrarse en el tiempo, el ambiente social, la familia, los amigos, el barrio de Jaimito. Y ese es uno de los primeros pasos (¿el más difícil de todos?) para un educador (que no es necesario para un enseñante neutral, sin “Jaimitos” de cuerpo presente).
Su entrega, su “sabiduría” tranquila y esperanzada, su respeto-cariño-admiración por los que le rodeaban fue su gran enseñanza. O eso creo.

Descansa en paz, Diego.

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