PANICO EN LA ESCALERA(ARTICULO SOBRE LA CONVIVENCIA EN EL CORREO)

 Suele haber problemas en las comunidades de vecinos. Es lógico: el del quinto baila claqué de madrugada, el del cuarto cría búfalos cafre en la terraza, el del ático interpreta a Wagner con su nuevo taladro. Cada comunidad es un pequeño muestrario de la extravagancia humana y lo difícil es que no terminen saltando chispas. Estudiosos de primer nivel aseguran que a Sartre lo de «el infierno son los otros» se le ocurrió tras asistir, obligado por Simone de Beauvoir, a una junta de vecinos en la que sólo la intervención de la ‘Gendarmerie’ evitó que corriese la sangre mientras se discutía el segundo punto del día: renovación de los buzones.

Algo de esto pasa en el 38 de la calle Langaran, en Otxarkoaga. Al parecer, en este edificio reina un clima bélico, con denuncias, amenazas, pintadas y agresiones. Los contendientes se dividen en dos bandos desiguales. Por un lado, una pareja; por el otro, el resto de la comunidad. En un principio uno tiende a pensar que si el colectivo está de acuerdo en odiar a dos vecinos, algo habrán hecho esos vecinos. A continuación, recordamos el caso Dreyfus y echamos el freno de mano cerebral. Los colectivos también son muy suyos y a veces les da por practicar un curioso deporte preolímpico: el linchamiento de inocentes.

Esta elemental prudencia argumentativa -a la que incluso nosotros hemos accedido- es la que una juez echa de menos en el proceder del Ayuntamiento en este asunto. Una sentencia del juzgado número 12 de Bilbao le reprocha a Viviendas Municipales que se haya puesto de parte de la comunidad en su intento de desalojar a la pareja. La juez se sorprende de que el organismo gestionado por Ezker Batua no haya tratado de conocer «la realidad de los hechos» antes de «impulsar, amparar y sostener» las acciones legales contra los dos vecinos, que, por lo visto, sí pudieron demostrar que ellos no han sido los causantes de los incidentes, sino sus víctimas. Imaginen el susto que debieron de llevarse estos vecinos al comprobar que primero venían los de la escalera con ganas de guerra y después llegaba Julia Madrazo, arremangándose para ajustarles también las cuentas. En la sentencia lo llaman «coste emocional imponderable». Es como se dice ataque de pánico por lo fino.

 

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