Se armó el Belén

Desde Otxar con amor (34).

¿Están ustedes preparadas? ¿Dominan los ejercicios respiratorios? ¿Practicaron con éxito la flexibilización de columna? ¿El fortalecimiento del suelo pélvico? ¿Aguantaron a su pareja durante la gimnasia preparto? ¿Soportaron con estoicismo los cientos de consejos gratuitos de sus amigas, conocidas, vecinas y demás parientas? ¿Tienen ustedes miedo?

– ¡Quiero que me pongan la epidural!
– Tranquila, señora
– ¡Quiero que me pongan la epidural!
– Pero si todavía no ha empezado a dilatar…
– ¡Quiero que me pongan la epidural!

Hay gente que no sabe comportarse. Sin embargo los médicos te lo dejan muy claro: para acudir al hospital hay que esperar hasta que las contracciones se produzcan cada diez minutos. Cuando eres “virgen de salida” es normal que no sepas lo que es una contracción. Si eres “virgen de entrada”, con mayor motivo, por supuesto. Ustedas ya me entienden. Pero no se preocupen, que yo se lo voy a explicar.

– ¡Aaaayy, que me da una contracción!
– ¿Estás segura?
– ¡Aaaayy!
– ¿Qué notas?
– ¡Aaay, como un retortijón de tripas!
– Pues vete al baño

Los hombres son así de listos. Todo lo arreglan cagando. Mi mismo padre decía que eso de parir era como una gran cagada. No tengo un padre muy fino, no, ya lo sé. Pero resulta que sí, que las contracciones son como retortijones de tripas pero cada vez más a lo bestia. De hecho ya me están dando cada diez minutos.

– ¡Coge la maleta!
– ¿Qué maleta?
– ¡La que está encima de la cama!
– ¿Qué cama?
– ¡Y mete el camisón!
– ¿Qué camisón?

En circunstancias de tensión los hombres se vuelven mucho más tontos de lo normal. Es algo comprobado. Yo ya estaba saliendo por la puerta y el muy torpe, con la maleta en la mano, se acababa de dar cuenta de que no se había puesto los zapatos. Ni el jersey. Ni el abrigo. Y eso que hacía mucho frío. Hace mucho frío. De hecho, no se lo van a creer, pero hoy es 24 de diciembre.

– ¿Ya le has dado al botón?
– ¡No funciona!
– ¿Qué?
– ¡Que no funciona!
– ¿Pero ya le has dado al botón?

Esto tampoco se lo van a creer, pero vivimos en el piso doce y el ascensor no funciona y me están dando unos retortijones-contracciones que para qué. Para que se hagan ustedas una idea de mi innato valor femenino, bajé las escaleras sin protestar. Tan sólo chillaba de vez en cuando. Los vecinos todavía se acuerdan. Es que eran las dos de la mañana.

Encontramos un taxi sin mayor dificultad, ya que el hombre es taxista. En el taxi se empeñó en colocarme un par de mantas por debajo para que no le manchara la tapicería. Yo me empeñé en tirarlas por la ventana en cuanto se puso en marcha. Alguien las cogería.

Llegamos a la clínica sin mayores complicaciones que algunos semáforos en rojo y varios noctámbulos con súbitas taquicardias. Una enfermera bastante dormida me preguntó si dilataba cada diez minutos. Le dije que sí. Me respondió que si estaba segura. La mandé a la mierda. Apareció otra enfermera, más gorda que la anterior, y quiso que me tomara unos tranquilizantes. Le dije que se los metiera por donde le cupieran. Llegó por fin la enfermera jefe, algo tremendo de tamaño, me cogió de la mano y estuvo un rato contando los minutos. Decidió que las contracciones me daban cada once minutos, pero que por un minutito más arriba o abajo, pues que me podía quedar. Faltaría más. Si pretendían que subiera doce pisos en este estado después de repetir rallye en un taxi sin mantas, pues iban aviadas.

Resumiendo, que me tiré contrayendo desde las dos de la mañana hasta las dos de la tarde. Calculen ustedes. Y yo todo el rato acordándome de mi ginecólogo, con su pinta de vividor-bonachón, diciéndome “Tienes cara de tener muy buen parto”. La madre que lo parió. Los dolores cada vez eran más espantosos. El hombre andaba con el reloj en la mano y me anunciaba los resultados como si de un evento deportivo se tratara.

– ¡Aaaayy!
– ¡Cinco minutos, ya son cinco minutos!
– ¡Aaayyy!
– ¡A cuatro, creo que va bajando a cuatro! ¡Bien!
– ¡Aaayyy!
– ¡A tres! ¡Son tres! ¡Son tres! ¿Cuándo había que avisar?

Inciso. No se portó mal del todo el hombre. Anduvo ayudándome a respirar todo el tiempo, es decir, las doce inacabables horas. Ya saben ustedes cómo es eso de respirar. Se trata de resoplar como si fueras un perrito agotado, cuanto más rápido, mejor. En una de esas apareció mi padre, nadie sabe cómo, y se asustó muchísimo al verme jadear. No recuerdo ni qué tonterías dijo. Lo eché con cajas destempladas. Cualquiera diría que hubiera asistido a los nueve partos de sus nueve hijos… y en su propia casa… ni clínicas ni hospitales. Supongo que eran otros tiempos.

Atención, que vienen a por mí. ¡Ya me llevan al quirófano! ¡Horror! ¡No! ¡Sí! ¡Mejor, que esto ya no hay quien lo aguante! ¡El hombre quiere venir! ¡Le echo tal mirada que se le quitan las ganas! ¡Sólo me faltaba un tipo desmayándoseme encima! Es que este hombre no aguanta la visión de la sangre. No sé el de ustedas, pero me da igual. ¡Que voy a parir!

A partir de ahora no recuerdo muy bien los hechos. Mejor para todas. Supongo que rompí aguas, o que me las rompieron. Creo que escuché algo de “sufrimiento fetal” porque salía algo verde… No me hagan mucho caso, pero todo lo que llegaba a mis oídos no hacía sino ponerme más nerviosa, si es que a esas alturas de mi vida todavía me quedaban nervios. Sólo quería que aquello se acabara cuanto antes. ¡Sufrimiento fetal! ¡Lo que faltaba! ¡Sufrimiento fetal! Mi corazón bombeaba a ritmo de sufrimiento fetal, sufrimiento fetal. Y mis bajos no acababan de hacer su trabajo.

Más tarde me enteré de que el anestesista se retrasó una hora. Dicen que durante esa hora el hombre se dedicó a dar patadas por las paredes de la clínica, totalmente fuera de sí. En algún lugar de mi conciencia tengo relacionado el parto con obreros trabajando con martillos pilones. Serían las coces del hombre, supongo. Le agradezco la solidaridad, pero no sirvió de nada. En fin, voy a acabar rápido porque esto ya va siendo más largo que el parto en sí. Además de que, a partir de ahora, lo tengo todo un poco borroso.

Por fin debió de llegar el anestesista porque ya no me acuerdo de nada más. Parece ser que dado el sufrimiento fetal, alargado innecesaria e irresponsablemente durante una hora, se vieron obligados a hacerme la cesárea. Tengo una raja desde el ombligo hasta el pubis. Bastante fea. Hoy en día me cuentan que las hacen mucho más monas, en transversal. Según el hombre la culpa de todo la tiene mi ginecólogo, que olía bastante a alcohol. Es que, al final, parí a las cuatro, justo después de comer. En fin, prefiero no acordarme. Creo que el hombre pidió explicaciones al ginecólogo y que hubo más que palabras. Lo arreglaron todo en el bar de abajo, dándole al whisky. Mientras tanto yo estaba dormida en la habitación. En cuanto me recuperé un poco me enseñaron a la niña. Porque de una niña se trataba. Bastante fea, pelona, morochita, pero niña. Me hizo mucha ilusión. Soy humana. Había que dar teta. Me saqué la izquierda. Apareció mi padre. Dijo que no había visto una teta más grande en su vida. Los hombres son así de majos. Apareció el hombre, bastante pedo, y los echó a todos. Se lo agradecí un montón y le dije que se largara él también. Me quedé sola. Ya tenía ganas. ¿Sola?

Si les cuentan a ustedes que la Virgen María era virgen antes y después del parto, créanselo. ¡Jesús, qué cosas!

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