Me veo obligada a interrumpir mis caóticas confesiones porque se me han hinchado los ovarios observando la respuesta de mis fronterizos vecinos de Txurdinaga ante la próxima apertura de un centro de ayuda a los sin techo. Vaya por delante que no pienso disculparme por el lenguaje utilizado. 

Cuando digo “ovarios” no pretendo decir “mismísimos”, sino ovarios, que les aseguro a ustedes que se me están poniendo al rojo vivo. Yo me los imagino como dos bolas de billar, ideales para machacar cabezas huecas. Cuando digo “respuesta” quiero decir “mugidos”, o más bien “balidos”. Cuando digo “fronterizos vecinos” debería decir “vecinos límite”. Cuando digo “Txurdinaga” me refiero a ese barrio pijo, chulito, privilegiado, desde donde nos miran los nuevos riquillos como si estuviéramos apestados. Cuando digo “próxima apertura” cruzo los dedos porque cuando la marea de la intransigencia se pone en marcha es capaz de arrasar con todo lo humano. Cuando digo “centro de ayuda” agradezco la existencia de seres humanos como los componentes de la Asociación Bizitegi, empeñados en demostrarnos, en contra de toda evidencia, que las personas nos queremos las unas a las otras. Y, por fin, cuando digo “los sin techo” me indigno contra la sociedad que ha hecho posible tan cruel marginación en el seno mismo de nuestro bienestar. 

¿Saben ustedes lo que significa la famosa crisis? Significa que todos no somos iguales, ni en derechos ni en deberes. Ni más ni menos. ¿Observaron la nutrida asistencia al despilfarrador último lunes de Gernika? ¿Leyeron los comentarios acerca de que aquí no se veía la crisis por ninguna parte? Falso. La crisis también se comprueba en la opulencia. Se contempla la cara A de la crisis: aquellos a quienes no les afecta un pimiento, aquellos que siguen con sus suelditos, llueva o escampe. Lo que ocurre es que los inquilinos de la cara B de la crisis se esconden en sus casas mientras observan alarmados cómo va menguando su último paquetito de arroz… o bien se tumban a dormir en los soportales porque instancias superiores se han visto obligadas, por culpa de la dichosa crisis, a embargarles el piso. 

¿Recuerdan ustedes la crisis de los 80? Ya, ya sé que no les afectó en gran medida, porque sino ahora no tendrían un ordenador conectado a Internet. Pero es que a mí me mató a un compañero. Mi amigo Chus, persona buena y cariñosa donde las haya, murió en la calle, degradado, como consecuencia directa de sus insanas dependencias. ¿Crisis de valores morales? ¿Crisis económica? ¿Crisis de modelo de sociedad? ¡Crisis de humanidad!

¿Recuerdan ustedes los problemas de drogadicción en el (su, nuestro) barrio? ¿Recuerdan el drama que supuso en toda esta (esa) zona la marginación de tantos jóvenes, su destrucción inconsciente, el desamparo de tantos padres, los robos, la desesperación de una sociedad impotente… ¿Lo recuerdan o ya se les ha olvidado? ¿Qué hacemos con los drogadictos? ¿Les cerramos la puerta de casa en pleno invierno? ¿Les echamos a los perros si no son de la familia, si no son del barrio, si no van bien vestidos…?

Siempre estamos en crisis, señores. La vida es un continuo cambio, una ruptura, una trasformación permanente. Pero mientras algunos disfrutan, en mayor o menor medida, de la cara A, otros se ven instalados en la zona oscura. Piensen ustedes en los ancianos que apenas tienen con qué vivir, que no se pueden valer por sí mismos. Piensen en los disminuidos físicos o psíquicos. Piensen en los marginados por razón de enfermedad, pobreza, raza o grupo social. Y no estoy hablando de Somalia, no, sino de aquí cerquita, de nuestro(s) barrio(s). 

¿Acaso no vemos cómo entre nosotros mismos hay apestados? En la Edad Media la religión y la incultura se complacían en creer que los enfermos de peste tenían la culpa de su desdicha. Algo habrán hecho, ellos o sus padres. Se merecen su desgracia. ¿Nos suena ese “algo habrán hecho”? Se trata de la respuesta que nos tranquiliza ante una situación de flagrante injusticia, la perfecta justificación para mirar hacia otro lado y seguir con nuestra existencia impoluta, tranquila, sin rozarnos con la parte negativa de la vida. Quizás entregando un euro de vez en cuando al pobre de la calle, para acallar la conciencia. ¿Qué conciencia? Con diez céntimos bastaría.


Ellos tienen la culpa. ¡Qué asco! ¡Qué falta de voluntad!

¿Estás seguro de lo que dices? ¿Le has preguntado al drogadicto por la historia de su vida? ¿Al alcohólico? ¿Conoces las circunstancias que impulsaron a la cárcel a aquel ex convicto? ¿Qué sabes de la familia de esa persona que atisbas tiritando de frío, medio atontada, medio aturdida, sin ninguna energía, sin las mínimas ganas de plantearse una salida? ¿Qué sabes de su ciudad de nacimiento, de su infancia, de su familia, de sus estudios, de sus trabajos, amores, pasiones…? Porque te aseguro que ha tenido de todo eso. Y tú no sabes nada de ello. Y sin embargo, le juzgas. Dices: es culpable. Que se joda. Él se lo ha buscado.

Ya comprendo que, mientras te tomas unos calamares en el Indalo, querido vecino limítrofe, te sumes a la indignación popular levantada por esa pretensión de dar calor a quien tiene frío, comida al hambriento, limpieza al sucio, esperanza al desesperado… Ya lo comprendo, vecino. Tienes miedo de que tus hijos conozcan la cara B de las crisis. Tú ya tienes el corazón encallecido, pero ellos… pobres… es tu obligación preservarlos de los peligros, ahorrarles fealdades, acostumbrarles a mirar hacia otro lado. Te felicito por tu plan educativo. Para las próximas Navidades te sugiero que les compres casco, coraza y anteojeras de diario. Parece que estuviéramos hablando directamente de asesinos de niños. Gente que no tiene fuerzas ni para levantarse del suelo. Que se jodan.

Veo que protestas. Aduces que estás a favor de que se ayude a la gente (¿con tus impuestos, estás seguro?). Pero, claro, lejos de aquí. ¿Conoces el significado de las siglas SPAN? Yo te lo digo: Si Pero Aquí No. ¿Has leído en las cartas al director de El Correo una donde un alma cándida propone que los espacios libres de los colegios se usen como dormitorios para los sin techo? ¡Está loco este hombre! ¡Habrase visto!

No me hables de proteger a los niños. Bastante desgracia tienen con educarse bajo la insolidaridad paterna, escuchando a sus progenitores farfullar protestas indignadas, repletas de un egoísmo ciego, gritando NO, EZ, NO, no los queremos aquí, llenando de carteles fanáticos las ventanas y paredes de su entorno. Sus ojos y oídos inocentes se están despertando… ¿a qué? He leído que estáis a punto de crear la primera Asociación de Vecinos del barrio. ¿Ahora? ¿Después de 30 años? Ya era hora. Enhorabuena. ¿Con qué noble motivo?

Acabo aconsejando a mis lectores a que se den un paseo por la zona baja de Txurdinaga, allá donde Bizitegi pretende abrir un centro de ayuda a los más necesitados. Propongo que observen las casas donde no existe ningún infame cartel colocado. Son muchas, pero se ven menos (siempre se oye más al que más grita, con razón o sin ella). No todo er mundo e güeno. Respecto a los que nos ensucian la vista y el espíritu con su torpe protesta panfletera, sin otros argumentos que la insolidaridad más chabacana, perdónales, señor, porque no saben lo que hacen. Yo no puedo.

Alberto Arzua

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